I see trees of green...
Cae la noche sobre la ciudad, y, acompañado por una taza de té caliente, me siento, una vez mas, ante la pantalla. Respiro profundamente, abrazo la taza con las manos y bebo un pequeño sorbo. Quema. La bombilla de bajo consumo que hay en el techo emite un zumbido imperceptible, tranquilizador. Cierro los ojos.
Siempre me ha gustado escribir, dibujar, y soñar. Recuerdo una escena de infancia, en casa de mi abuela, en la que por aquel entonces vivía aún mi tio José, en una pequeña habitación que olía a tabaco y a libros antiguos. En las paredes se apilaban toda suerte de objetos extraños y misteriosos, pequeños tesoros y verdaderas antigüedades. Rollos de cine, fotografías, maquetas, juegos de mesa, muñecos, comics y discos... mirase a donde mirase podía encontrar algo maravilloso y especial que curiosear. A veces, y solo a veces, cuando la visita terminaba y mi madre llamaba desde el salón, mi tío se volvía con calma hacia alguno de los estantes y cogía algo con sumo cuidado. Mis ojos se iluminaban. "Para tí", decía mientras me ofrecía alguno de sus objetos con una expresión bondadosa en la mirada. Esos dias eran especiales.
Entre las cosas que conservo de aquella época se encuentran el manual básico del juego de rol del Señor de los Anillos, un ejemplar del Hobbit, un tablero de Heroquest, varias revistas de ciencia-ficción de los 80 y una caja de madera llena de muñecos de plomo. Pero, por encima de todo, conservo con sumo cuidado el recuerdo, la imagen viva de la habitación mágica que no se irá jamás de mi mente. Si me concentro un poco puedo volver alli, a sentarme en un rinconcito y mirar ilusionado cómo mi tío proyecta en la pared un corto del pato Donald con su viejo Cinexin.
Siempre me ha gustado escribir, dibujar, y soñar. Recuerdo una escena de infancia, en casa de mi abuela, en la que por aquel entonces vivía aún mi tio José, en una pequeña habitación que olía a tabaco y a libros antiguos. En las paredes se apilaban toda suerte de objetos extraños y misteriosos, pequeños tesoros y verdaderas antigüedades. Rollos de cine, fotografías, maquetas, juegos de mesa, muñecos, comics y discos... mirase a donde mirase podía encontrar algo maravilloso y especial que curiosear. A veces, y solo a veces, cuando la visita terminaba y mi madre llamaba desde el salón, mi tío se volvía con calma hacia alguno de los estantes y cogía algo con sumo cuidado. Mis ojos se iluminaban. "Para tí", decía mientras me ofrecía alguno de sus objetos con una expresión bondadosa en la mirada. Esos dias eran especiales.
Entre las cosas que conservo de aquella época se encuentran el manual básico del juego de rol del Señor de los Anillos, un ejemplar del Hobbit, un tablero de Heroquest, varias revistas de ciencia-ficción de los 80 y una caja de madera llena de muñecos de plomo. Pero, por encima de todo, conservo con sumo cuidado el recuerdo, la imagen viva de la habitación mágica que no se irá jamás de mi mente. Si me concentro un poco puedo volver alli, a sentarme en un rinconcito y mirar ilusionado cómo mi tío proyecta en la pared un corto del pato Donald con su viejo Cinexin.
